lunes, 24 de octubre de 2016

La Mezquita de Jerez, un Portal a la Eternidad

Hay ocasiones, en las que es posible transportarse en el tiempo a un lugar distinto. Un cúmulo de sensaciones, sentimientos e imágenes logran trasladarnos y transmitirnos los ideales o los conocimientos que dejaron quienes se encargaron de erigir esos enclaves. 
Esas sensaciones cambian mucho de un lugar a otro, así un dolmen nunca nos aportará lo mismo que una iglesia o una catedral gótica. Tanto la estructura como las formas usadas son fundamentales. No será lo mismo que primen las formas rectas que las oblicuas. Las figuras geométricas que se puedan inscribir en determinados elementos también harán cambiar la visión que de un lugar se tiene. Puede que los maestros de este juego de contraste fueran los arquitectos árabes, quienes en sus construcciones aportaron esta visión armónica a sus edificios, así, junto con una a veces abigarrada decoración vegetal y otras veces mostrando la simpleza de los muros de ladrillos, proporcionaron una visión casi divina a aquello que construían. Ellos fueron capaces de manejar la armonía y la perfección constructiva a niveles que nadie logró superar.


Es por ello que cuando accedemos a un lugar como la Mezquita del Alcázar, podemos sentir la tranquilidad y la paz, así como imaginarnos facilmente en otro tiempo.

Pórtico de la Mezquita
La Mezquita tiene tres partes fundamentales en su estructura. La primera es un pórtico con arcos peraltados que hace de parapeto a las inclemencias, así como resguarda la entrada a la mezquita. Cuando cruzamos esta puerta, nos encontramos de frente con un patio reducido, de pequeñas dimensiones, pero de gran armonía. El suave rumor de la fuente acompaña al visitante a través de él. El Patio de Abluciones se compone de cuatro arcos de herradura que crean cuatro crujías, que a su vez dan cobijo a ocho arcos. Resta por ser nombrada la sala de oración. Es momento de dar una de las claves de este edificio. Todo a partir de aquí se va a regir por el tres, el cuatro y el ocho. No va a haber una sola excepción. Cuatro son los arcos principales, ocho los secundarios. Tres las entradas posibles a la sala de oración.

Analicemos ahora la numerología de este enclave. El cuatro para todas las religiones fue un número tan divino como mundano. Para los hebreos, el cuatro era el número de letras que contenía el nombre de Dios (YHWH). El Cuatro era para los cristianos el número de los evangelistas. Los Evangelistas expandieron la Fe en Jesús por la Tierra, por lo que no es extraño que cada uno de ellos esté asociado a uno de los cuatro elementos clásicos terrestres: fuego, agua, tierra y aire. Los cabalistas hebreos también consideraron el 26 como número divino, pues el valor numérico del nombre de Dios es exactamente ese.


El Patio y las tres entradas a la Sala de Oración
Sobre estos cuatro elementos y sus tres variantes, escribe Macrobio, está compuesto el Universo. Curiosamente, son tres las entradas a la Sala de Oración. Hablando desde el punto de vista simbólico, dependiendo de la que tomemos estaremos traspasando una de las tres series. La primera, representada por la entrada derecha (mirando desde el patio al interior, como en la fotografía) está conformada por la Tierra, el Agua, el Aire y el Fuego. La izquierda, por la Luna, Mercurio, Venus y el Sol. La entrada central es, por consiguiente, la que se compone de Marte, Jupiter, Saturno y Aplanés. Aplanés es una esfera imaginaria, equivalente al cielo, esto es, el lugar al que van a parar las almas de los difuntos. En resumen, podemos ver en las tres entradas un reflejo de lo que para los filósofos era el universo material. Tres entradas que dan al plano material, a lo terrestre, pues como ahora veremos, la sala de oración sigue representando este universo, y no la divinidad.

El Patio de abluciones de la Mezquita destaca por su sencillez aplastante, el brocal del pozo y la fuente actúan como decoración y como elemento utilitario. Recordemos que los asistentes a la mezquita van a orar a Dios, para ello deben estar limpios de toda impureza, el agua las limpia. Esta pureza se ve reflejada en los muros, desprovistos de adornos superfluos, pero aún así con un profundo mensaje al que intentamos acercarnos.

No sólo la Mezquita es una representación numerológica de la tierra. También los materiales que conforman los muros y arcos lo son. El ladrillo puede incluso ser algo simbólico, pues se compone de tierra, compactada con agua, secada al aire y cocida al fuego. Son un recordatorio de que aún no hemos despegado de la Tierra. Seguimos dentro de la prisión en la que vivimos.
Esta afirmación se hace completamente evidente cuando pasamos a la Sala de Oración. De sus cuatro muros principales parten unos arcos que sustentan la bóveda octogonal. Cuatro y cuatro: ocho.
Esquema conceptual de la Mezquita




Los cuatro arcos que transforman en octogonal la sala representan los Cuatro elementos, mientras que los tres muros restantes (cuatro menos el de las tres entradas) muestran un dato muy poco conocido en occidente. Los antiguos filósofos determinaron que entre cada uno de los cuatro elementos debía existir algo, algún elemento que no fuese el vacío, por lo que determinaron que en estos puntos se ubicaban unas leyes naturales: Obediencia, Armonía y Necesidad. Curiosamente, si ubicamos estos términos en su correspondiente lugar en un plano de la Mezquita, el punto de armonía está situado en frente del Mihrab. Dios es lo más armónico que existe para los creyentes.





Mihrab de la Mezquita
Para completar esta visión conceptual simbólica de la Mezquita, tendremos que buscar la culminación de todo: la Bóveda. Tanto la del Mihrab como la de la Sala de Oración son octogonales. El ocho en este lugar simboliza el nombre de Dios: Allah. Allah se forma con siete componentes más la unidad, lo que es ocho. Ocho a partir del cuatro. La perfección a partir del cuaternario. La Tetraktys de los Pitagóricos. Que a partir de los cuatro elementos se llegue a Dios.


Si miramos sobre nuestras cabezas, encontraremos como siempre el sello que nos ilustra todos estos conceptos. El Círculo. La perfección. Todo lo que aquí representa la Tierra, la Humanidad, lo Inmortal e impuro basado en el Cuatro y en los elementos terrestres evoluciona tornándose perfecto, divino e imperecedero. El Cuatro, que se convierte en Ocho, al que accedemos por el tres, termina volviéndose uno. Termina volviéndose eterno.



2 comentarios:

  1. Gracias, por la valiosa aportación para la comprensión de la arquitectura musulmana en su legado jerezano.

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